dimarts, 22 d’abril del 2014

El secreto de la rutina.


Estamos predestinados a vivir con rutinas. O al menos éso nos han hecho creer.
 
Levantarse, desayunar, ducharse, coger el coche, ir a trabajar, trabajar durante largas horas, comer, coger el coche, llegar a casa, estar ante el ordenador, ir a comprar, ver la televisión, cenar, dormir... y así, día tras día. 

Nos han educado y enseñado a ser personas capaces de mantener una rutina, de aprender unos hábitos que hay que seguir (casi al pie de la letra) y a tener el deber de adquirir ésas acciones que repetiremos siempre a lo largo de nuestra vida. 

Que qué pasa cuándo esta rutina se rompe? Pues que algunos simplemente se desconciertan y creen tener la necesidad de volver con urgencia a mantener esas repeticiones, pues es el único modo de sentirse seguro.

A otras, les gusta el mero hecho de cambiar esas rutinas por pequeñas acciones que siempre ha querido hacer, aunque sólo sean temporales. 

Pocas personas son capaces de reconocer ésas acciones cómo experiencias irrepetibles y únicas que le permiten a uno mismo crecer, pensar, reflexionar y vivir nuevas aventuras. 
Hay que empezar a ser consciente de las acciones de uno mismo y saber bajar o subir su intensidad, su tiempo, saber controlarlas o, mucho mejor, dejarse llevar. Abrir la puerta de la jaula, cuál pájaro cansado de hacer y ver siempre las mismas cosas y volar. Empezar a aprender a parar el tiempo, respirar. O dejar que corra sin prisa alguna. Poder abrir los ojos y entender que el mundo no debe estar hecho de rutinas y acciones, que una persona no debería estar atada a ésas acciones, pues la vida se compone de muchas más cosas. De muchas más vivencias, de muchos más momentos, de muchas más situaciones. 

A lo largo de la vida uno va aprendiendo que si su día a día se compone de unas acciones que tienen principio y fin y que éstos procesos no son para nada desconocidos. Ésto hace que la persona caduque. La vida pierde intensidad, pierde efecto, pierde sentido. Si nos centramos en seguir haciendo lo que ya sabemos hacer, no hay manera posible de aprender, y mucho menos de crecer. Estamos demasiado bien acostumbrados a tener lo que queremos, y a no hacer esfuerzo alguno para conseguirlo. Y no nos damos cuenta de que así, la vida, se cuela entre los dedos cuál arena del desierto y no hay manera de volver atrás para poder recogerla.

Es cierto que para ello no hace falta cruzar ningún charco, ni coger un avión, pero a veces, no va de más ser capaz de romper barreras, no sólo con uno mismo, si no con los demás.


Un basma*

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